La primera cadena perpetua de Coahuila

Monclova, Coahuila. – La madrugada del lunes 17 de julio del año 2006, la radioperadora del número de emergencias del C4 en Ciudad Frontera, se sobresaltó al escuchar el timbrar del teléfono que hasta esas horas, las cuatro de la mañana, se mantuvo en silencio.

Una de las llamadas más extrañas estaba a punto de ser escuchada por la oficial quien se quedó perpleja cuando su interlocutor le confesó: “Maté a mis hijos, estoy a una cuadra de la Presidencia de Frontera, por la calle Progreso”.

La movilización de oficiales preventivos de la ciudad rielera, así como detectives de la entonces Policía Ministerial del Estado a cargo del detective Esteban Rivera de la guardia nocturna, no se hizo esperar y llegaron al cruce con la calle Juárez donde estaba el sujeto: vestía una playera gris a rayas.

Con el semblante frío, la vista perdida al frente, no opuso resistencia al arresto y tranquilamente se entregó a las autoridades y dijo: “Los voy a llevar a donde dejé los cuerpos”.

A bordo de una patrulla de la ex Procuraduría General de Justicia del Estado llegaron a un predio ubicado frente a la planta 3 de la empresa Metelmex y los patios de la Escuela Secundaria 77. Ahí, la avenida Industrial sale de la prolongada curva y se convierte en la calle Francisco de Luna cruce con Felipe Ángeles de la colonia Guadalupe Borja. Actualmente existe un estadio de beisbol.

Cuando bajaron de las unidades, la luna estaba a la mitad en su cuarto menguante y proporcionaba luz parcial que hacía más tenebrosa la escena dando un tono azulado al ambiente en las faldas de una pequeña colina.

El autor de aquella aberración era Carlos Roberto Mata Ramos, un sujeto que en ese entonces contaba con 26 años de edad y vivía en la calle Fray Juan Larios, número 612, de la colonia Guadalupe Borja, quien hasta ese día laboraba para la empresa Trinity.

Lo que siguió a continuación fue la escena de uno de los crímenes más tristes y horribles que se han gestado en la Región Centro de Coahuila y que mereció que la justicia le aplicara sin misericordia la pena máxima.

Quienes estuvieron presentes jamás olvidarán la triste y macabra escena: el pequeño Roberto y su hermanita América Jaqueline, ambos de apellidos Mata Javalera, que contaban con uno y cuatro años de edad respectivamente, estaban recostados sobre el terreno.

Parecía que los angelitos estaban dormidos boca arriba, pero desgraciadamente jamás iban a despertar ya que fueron víctimas del cerebro desquiciado de su padre. El pequeñito vestía una playerita azul y un pañal, su hermanita un trajecito celeste. A un lado estaba un biberón, una botella de agua y bolsas de plástico.

Aquello hizo que más de un policía dejara escapar lágrimas de impotencia, la tenebrosa tranquilidad de Mata Ramos y el no mostrar siquiera arrepentimiento desató en algunos un sentimiento de ira que desquitaron golpeándolo. El varoncito fue el primero en morir, su padre lo asfixió con una bolsa de plástico para después tocar el turno de la niña a quien cegó la vida de una cuchillada en el pecho.

Apenas un año atrás, el criminal quedó divorciado de su mujer y tenía permiso judicial para ver a sus hijos siempre y cuando los entregara el mismo día por la noche.

La tarde del domingo 16 de julio disfrutó de la convivencia familiar con las dos criaturas paseando en el primer cuadro de Frontera y Monclova donde visitaron centros comerciales y finalmente a un circo que estaba de paso en la colonia Anáhuac, horas antes del vencimiento para la entrega de los menores a su madre. Cuando culminó el espectáculo ya no había camiones de regreso y decidió caminar por toda la avenida Industrial.

Cuando estaba a punto de llegar a casa de los abuelos que se halla a escasos metros del sitio decidió no entregarlos, llevándolos al baldío donde les dijo que; “Se iban a dormir viendo las estrellas”.

Llevaba una colcha para el infante y los metió en el monte, platicó con ellos; ¿Quién va a desconfiar de su padre? Los niños, en su infinita inocencia, jamás se imaginaron que tras esa figura que tenían de protector, amigo y padre, se escondía un peligroso psicópata que les comería el alma.

Las confesiones que hizo “El mata hijos” (como lo bautizó la prensa especializada) ante el agente investigador del Ministerio Público, José Alfredo Gaytán, eran sumamente escalofriantes.

Tras ser sustraído de los separos ministeriales estando de supervisor regional Enrique Aguilar Farías y presentado ante el Ministerio Público el desquiciado filicida aseguró estúpidamente: “Me dio miedo que los niños fueran regañados por su mamá y por eso ya no quise dárselos”.

“Batallé un poquito con el niño, con la niña no, nomás (sic) le di una cuchillada, lloró tantito pero se calló”. La referencia que hizo hacia el pequeño, es porque manoteaba y se rehusaba al desesperarse cuando le faltaba la respiración al tener la bolsa asfixiándole.

El asesino también aseguró durante la averiguación previa: “La niña me dijo cuando le clavé el cuchillo; “Me duele papi”, pero ni siquiera esas palabras, que tenían en ellas la inocencia de una criatura sin mancha, conmovió a Mata Ramos para declinar en su cometido.

Las cínicas confesiones despertaron el coraje, la indignación y el ansia de lincharlo por parte de la ciudadanía. “No me aguanté y le puse su chin…, éste guey está loco, nunca me había topado con un cab… así, ¡sí le di su madriza!”, dijo llorando un ministerial.

Las autoridades recordaron que incluso Mata Ramos, el 8 de febrero del 2006, fingió un secuestro que movilizó a las autoridades, sin embargo, se descubrió que todo fue inventado fincándosele responsabilidad penal siendo puesto a disposición del Ministerio Público sin saber que seis meses después se convertiría en la figura más odiada de la Región Centro.

Inconsolable, la madre doliente pidió la pena máxima para el asesino mientras que era transferido al penal bajo el cargo de filicidio calificado debido a las gravantes de alevosía, traición, ventaja, en un fuerte dispositivo de seguridad quedando a disposición del Juez Segundo del Ramo Penal, Hiradier Huerta Rodríguez.

“Cuando se muera a los primeros que va a ver son a sus hijos, ¡Perro méndigo!”, eran algunas de las consignas que la ciudadanía profería contra el criminal. Se llevaron a cabo los desahogos de pruebas, incluso se llevó a cabo una reconstrucción de hechos.

Custodios del penal acompañados de perros entrenados, así como ministeriales y preventivos resguardaron el área mientras se llevaba a cabo la diligencia.

Previamente se llevaron a cabo diversas reformas jurídicas en las cuales se incrementaban las penas en casos especiales a más de cien años, como por ejemplo el filicidio y fue en la primavera del 2007 cuando se llevó a cabo la audiencia para dictar la sentencia.

Casualmente en el mes de los niños y las niñas, abril, Huerta Rodríguez dictó la condena a Carlos Roberto “El mata hijos”: ¡Un total de 95 años de prisión sin derecho jamás a ningún beneficio!

El Ministerio Público había pedido una condena de cien años, sin embargo, debido a que Mata Ramos fue quien se entregó y llamó al C4 se le disminuyeron cinco años. sus defensores emitieron un recurso de apelación la cual fue revocada por el Tribunal Superior de Justicia en octubre del 2007.

El caso del homicidio de los niños Mata Javalera, pasó a la historia no solamente por la crudeza y lo terrible del aberrante hecho sino porque fue la primera cadena perpetua que se dictó en contra de un criminal en el Estado de Coahuila. Desafortunadamente ni con diez eternidades encerrado le bastaría para revivir a los dos angelitos, sus propios hijos.

 

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