Estados Unidos ejecutó en las últimas horas una ofensiva aérea de gran escala contra tres instalaciones nucleares clave en Irán, en lo que se considera la intervención militar más directa de Washington contra el programa nuclear iraní desde la salida del acuerdo nuclear en 2018.
El ataque, ordenado por el presidente Donald Trump, se da en un contexto de rápida escalada bélica en Oriente Medio tras múltiples ofensivas israelíes sobre territorio iraní.

La ofensiva se centró en sitios estratégicos del programa nuclear iraní como una instalación subterránea altamente protegida, donde Irán reanudó el enriquecimiento de uranio a niveles cercanos al grado armamentístico.
La operación fue llevada a cabo con una combinación de bombarderos B‑2 Spirit equipados con bombas antibúnker GBU‑57, conocidas como “Massive Ordnance Penetrators” (MOP), y misiles Tomahawk lanzados desde submarinos en el Golfo Pérsico.
Trump confirmó horas después que “todos los aviones regresaron sanos y salvos”, celebrando lo que calificó como un “momento histórico” para EE. UU., Israel y el mundo. “La amenaza nuclear iraní no podía seguir siendo ignorada”, agregó.
Este ataque estadounidense se enmarca en un creciente conflicto iniciado por Israel a mediados de junio bajo la operación “León Creciente”, en respuesta al asesinato de un general israelí por un dron iraní en Damasco.
Desde el 13 de junio, Israel ha bombardeado al menos nueve sitios iraníes, incluidos complejos militares, estaciones de radar y centros de mando. Las fuerzas iraníes respondieron lanzando misiles balísticos y drones explosivos contra territorio israelí, alcanzando instalaciones militares cerca de Tel Aviv, Haifa y bases en el Negev.
Según fuentes oficiales, más de 400 personas han muerto en Irán desde el inicio de las hostilidades, mientras que decenas han fallecido en Israel, entre ellos civiles.
La acción militar estadounidense ha provocado una oleada de reacciones:
Rusia y China condenaron el ataque, acusando a Washington de violar el derecho internacional y de provocar una guerra regional. Moscú pidió una sesión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU. Francia y Alemania expresaron “grave preocupación”, instando a una desescalada inmediata. Arabia Saudita y Egipto —tradicionalmente rivales de Irán— han mantenido silencio oficial, pero fuentes diplomáticas señalaron que ven el ataque como una oportunidad para debilitar a Teherán sin comprometerse directamente. El Ayatolá Alí Jamenei prometió una “respuesta devastadora”, acusando a Estados Unidos e Israel de buscar “una guerra total en la región”. En Estados Unidos, mientras los líderes republicanos celebran el ataque como un acto de firmeza, senadores demócratas cuestionan la legalidad de la operación y exigen que se convoque al Congreso.
