Casi cuatro meses después de que fueran noticia local, nacional e internacional, -cuando en septiembre pasado llegaron por miles a esta frontera-, hoy, fuera del foco de los medios de comunicación, miles de migrantes permanecen en Piedras Negras deambulando por sus calles; prácticamente viviendo en la central de autobuses, en por sus paseos y plazas públicas, afuera de albergues e iglesias en las que buscan ayuda, en el exterior de los supermercados, apelando a la caridad de la ciudadanía para poder comer y hacinados en hoteles desde donde esperan la ansiada cita con las autoridades de Estados Unidos para poder ingresar a ese país bajo la figura de asilo político.
Es la migración silenciosa. Ya no están todos juntos en las inmediaciones del Río Bravo, y por lo mismo, tampoco en las primeras planas de los diarios, pero lejos de lo que pregonan las actuales autoridades municipales de Piedras Negras Si bien, anteriormente había algunas opciones para su atención en albergues y refugios para personas migrantes, hoy ésta disminuyó y eso es parte de lo que los lleva a las calles en busca de ayuda.
Así lo explica la hermana María Isabel Turcios, responsable de la casa del Migrante Frontera Digna y miembro de la red franciscana para el migrante, organización de carácter internacional, quien revela que por orden del municipio, a través de Protección Civil, el pasado 9 de abril de 2020 se giró la instrucción de no recibir en el albergue a los migrantes, por lo que se suspendieron apoyos de alojamiento y alimentación para ellos.
“SI NO PASAMOS A EU, NOS QUEDAREMOS EN PIEDRAS NEGRAS”
Es el testimonio de Miguel, de origen hondureño, quien narra que, junto con su esposa, es la segunda vez que intentan cruzar a Estados Unidos. La primera vez, recuerda, casi para llegar a San Antonio, Texas, fueron detenidos por un operativo de la Border Patrol y luego deportados: ella por Piedras Negras y él por Ciudad Acuña, para después reencontrarse en esta ciudad.
Detalla además que ellos no llegaron en ninguna caravana, sino de forma independiente y asegura que están en las manos de Dios para tratar de cruzar nuevamente, pero si no es así, tratarán de establecerse en Piedras Negras y luego buscar un trabajo que les dé estabilidad y forma de vivir en esta frontera.
La realidad es que el problema sigue ahí: ciudadanos de origen salvadoreño, sirio, venezolano, hondureño, nicaragüense y hasta cubano están dispersos por toda la ciudad, convertidos en una bomba de tiempo de un problema social que no tarda en estallar.
