Una nueva controversia sacude al mundo del fútbol internacional, esta vez no por el resultado de un partido, sino por las declaraciones de Javier Hernández.
El comentario, lejos de ser un hecho aislado, fue acompañado por afirmaciones aún más graves, como que “las mujeres deberían cuidar el hogar” y que los movimientos por la equidad han “erradicado la masculinidad”.
Tales palabras, dichas por una figura pública con alcance global, no son solo desafortunadas: constituyen una apología al machismo estructural que aún persiste en el deporte profesional.
Organizaciones feministas, periodistas y figuras públicas han exigido ya una respuesta contundente por parte de la FIFA, organismo rector del fútbol mundial, que hasta el momento no ha emitido un comunicado oficial al respecto.
En un contexto global donde el deporte ha intentado posicionarse como espacio de inclusión y respeto, este tipo de declaraciones representan un retroceso preocupante.
La FIFA ha promovido campañas por la diversidad y la igualdad, pero su historial en cuanto a sanciones por comentarios sexistas sigue siendo inconsistente.
“El compromiso con la equidad no se demuestra con campañas publicitarias, sino con decisiones firmes y sostenidas”, expresó en redes la activista española Paula Lobo.
“Cuando un jugador que representa a millones de personas normaliza este discurso, el impacto es devastador, sobre todo para las generaciones jóvenes.”
No es la primera vez que el fútbol enfrenta este tipo de escándalos. Casos anteriores, como los comentarios machistas de entrenadores, dirigentes y otros jugadores, han dejado claro que el problema es estructural. La diferencia, en esta ocasión, es la creciente presión social por respuestas rápidas y ejemplares.
Organismos como ONU Mujeres han insistido en que los discursos de odio y discriminación en espacios deportivos deben abordarse con perspectiva de género y con políticas de tolerancia cero. “Lo que un futbolista dice no se queda en el vestuario: influye en la cultura, los medios y las percepciones sociales”, señaló en un informe reciente la experta en género y deporte, Renata Gómez.
La libertad de expresión no puede ser usada como escudo para discursos que atentan contra derechos fundamentales. El hecho de que un deportista use su plataforma para denigrar públicamente a las mujeres y responsabilizar a sus luchas por una supuesta “crisis de masculinidad”, no puede ni debe quedar impune.
La FIFA tiene ahora una oportunidad clara para demostrar si su compromiso con la equidad es real o meramente simbólico. De no tomar medidas ejemplares, corre el riesgo de seguir perpetuando un sistema que ha sido históricamente hostil hacia las mujeres, tanto dentro como fuera de la cancha.

En pleno 2025, el hecho de que todavía sea necesario defender públicamente que las mujeres tienen derecho a ocupar espacios en igualdad de condiciones no solo es indignante: es agotador. Sin embargo, muchas siguen firmes en la defensa de esos espacios, no solo por ellas, sino también por las generaciones futuras.
“Peleamos por nuestras hijas, pero también por nuestros hijos”, declaró una hincha en redes. “Porque merecen crecer en un mundo donde el deporte sea un ejemplo de justicia, no una escuela de discriminación.”
La pelota está ahora en la cancha de la FIFA. Y el mundo está mirando.
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