Después de más de tres décadas viviendo en el barrio de La Villita, en Chicago, Francisco González Jasso regresó a Torreón sin saber con exactitud cómo encontrar la casa donde creció. Habían pasado 33 años desde la última vez que estuvo en su ciudad natal y los recuerdos ya no eran suficientes para orientarlo.

A sus 55 años, González Jasso relató que durante el trayecto en autobús preguntaba constantemente si Torreón estaba cerca. Una vez en la ciudad, tomó un taxi hacia el antiguo vecindario familiar, pero las calles y las viviendas habían cambiado con el tiempo. Recorrió la zona revisando direcciones hasta hallar la casa correcta. Al verla, apenas pudo reconocerla.

“Empecé a gritar el nombre de mi hermano: ‘César, César’”, contó. Cuando finalmente lo vio salir, pidió al taxista que se marchara y se fundió en un abrazo con él. La última vez que se habían visto, César tenía apenas 17 años; hoy tiene 50.

El regreso de González Jasso a México no fue voluntario. En octubre pasado fue detenido por agentes de la Patrulla Fronteriza en La Villita y deportado días después. Su caso llamó la atención porque, pese a no contar con antecedentes penales, el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos lo señaló públicamente como presunto integrante de la pandilla Latin Kings, acusación que él rechaza de manera tajante.

“Es humillante para mí. No soy un criminal. Nunca le hice daño a nadie”, afirmó.

Durante más de 30 años, “Panchito”, como lo conocían en la Calle 26, fue una figura habitual en el vecindario. Vecinos y comerciantes lo describen como un hombre trabajador y respetuoso. Carlos Macías, dueño de una carnicería y taquería en La Villita, aseguró que su arresto fue un golpe para la comunidad. “Lloré cuando supe que se lo habían llevado”, dijo.

González Jasso sostiene que fue detenido mientras salía de un bar a comprar cigarrillos durante una fiesta de cumpleaños. Asegura que los agentes lo tiraron al suelo, lo esposaron frente a familias y niños y nunca le mostraron una orden de arresto. Un video del operativo circuló ampliamente en redes sociales.

Ese mismo día, el DHS informó que había sido capturado “un extranjero criminal y miembro de la organización criminal Latin Kings”. Sin embargo, su nombre no aparece en registros estatales o municipales vinculados a pandillas ni antecedentes delictivos. Tampoco figura en el conocido “Libro de Pandillas” de Chicago de 2018.

Tras su arresto, fue trasladado a centros de detención migratoria en varios estados antes de ser enviado a Matamoros, Tamaulipas, y posteriormente a Torreón. Relata que las condiciones en detención eran precarias y que decidió firmar su deportación por temor a permanecer encarcelado por semanas.

Su llegada a Torreón estuvo marcada por el cansancio, el dolor físico y la sensación de haber perdido la vida que construyó en Estados Unidos. En la casa familiar ya no estaban sus padres ni dos de sus hermanos fallecidos. Las habitaciones deterioradas y los muebles viejos le recordaban el paso del tiempo.

Hoy vive con su hermano César y su familia, mientras intenta rehacer su vida con una modesta pensión derivada de su trabajo en la construcción. Se mantiene ocupado remodelando la vivienda de sus padres, pero reconoce que el proceso emocional ha sido mucho más difícil que cualquier obra.

“Fui deportado como si fuera el peor criminal. Mi reputación quedó destruida”, lamentó.

Además del estigma, le preocupa la violencia en México: uno de sus hermanos desapareció hace años y nunca fue encontrado. Aun así, dice que lo que más extraña es la comunidad que dejó atrás en Chicago. Algunos amigos viajaron recientemente a México para visitarlo.

“No son familia de sangre, pero eran mi familia”, expresó con la voz entrecortada. “En Chicago hay mucha gente que me quiere… y los extraño”.

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